martes, 26 de agosto de 2014

MI ABUELA


I

Mi abuela guarda sus recuerdos en unos frascos grandes de cristal. Cuando se olvida de algo sólo los abre un poco para recordar.

II

De niña mi abuela siempre jugaba a subirse a los árboles, por eso su piel parece la corteza de un fresno.

III

Mi abuela tiene una dentadura postiza, yo creo que los dientes originales los perdió por tanto comer nueces.

IV

Mi abuela usa lentes de vidrio grueso. Papá dice que son para ver mejor. Yo digo que son telescopios para buscar al gato cuando se pierde.

V

Mi abuela casi no escucha por su oído derecho, yo creo que ha escuchado tantas palabras que lo terminaron tapando.

VI

Mi abuela toma grandes siestas junto con su gato. Duerme tanto que sus sueños quedan atorados en el horno y en las ventanas.

VII

Cuando era niña mi abuela anduvo en un globo gigante. Por eso se sabe el nombre de todas las nubes y los colores del arcoiris.

VIII

Mi abuela colecciona miles de cajas vacías, nunca bota ninguna. Estoy seguro que en la noche las hadas del campo las usan para dormir.
  
IX

Mi abuela tiene fotos de cuando era niña: en ese tiempo el mundo era gris y sin colores.

X

Mi abuela teje en las tardes con unas enormes agujas, pareciera que está tejiendo una bufanda para un gigante porque nunca la termina.

XI


Mi abuela huele a vainilla, cuando la abrazo siento que me hundo es un inmenso bosque de galletas.


Alberto Sánchez Argüello
Managua Agosto 2014
Publicados originalmente en @7tojil

jueves, 21 de agosto de 2014

ENCONTRAR NUESTRO LUGAR EN LA VIDA



Helena vive a tres cuadras de aquí, en una casa de muro violeta con rodapié azul. Pasa el día cuidando a su abuela parapléjica. Casi no tiene tiempo para ella misma, sólo una ocasional salida de domingo al parque central, a darle de comer a las palomas y leer algún poema de Neruda mientras se le enfrían los pies en una de las bancas de metal.

Hace cinco años la saludé en el parque pero ella me tuvo miedo y se fue rápido. Yo me quedé ahí, pensando que era el ser más hermoso que había conocido, tanto que el estómago me dolía como si tuviese un punzón atravesado.

Yo volví al parque todos los días, pero ella tardó meses en regresar. Terminando la primavera volvió acompañada por su madre, una mujer inexpresiva que le sujetaba la muñeca de la mano izquierda como si fuera una cerradura. Yo las observé de lejos, oculto por unos árboles. Después las seguí.

Empecé a dejar flores en su porche y con el tiempo las acompañé con cartas en las que confesaba mis intensas emociones. Finalmente su padre me encontró mientras dejaba mis regalos, se me acercó y me golpeó con tanta brutalidad que perdí gran parte de mi dentadura.

Ya recuperado escapé de la casa de mi madre y me fui a vagar por la ciudad, buscando los lugares más oscuros que me pudiesen tragar. Eventualmente di con este callejón, rodeado de basura y suciedad, donde el viento trae las palabras y sonidos de su habitación. Una especie de milagro acústico, un regalo sólo para mí.

Ahora sé que reza el padrenuestro antes de dormirse y que repasa en voz baja los poemas que leyó el sábado, con un ligero siseo que me adormece. Por las mañanas saluda al mundo y pide por su familia y las palomas, con el tono preocupado de alguien que cree que todo morirá mañana. Cuando sus amigas la visitan hablan de las muñecas que tuvieron de niñas y de los novios que les gustaría tener, ella siempre calla, sólo ríe con sus ocurrencias.

Desde entonces no necesito moverme de aquí, tengo todo lo que necesito: su voz, sus suspiros, sus murmullos y alguna sobra de comida en condiciones aceptables.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Agosto 2014

Imagen: Collage de César Sancho

domingo, 17 de agosto de 2014

YO TAMBIÉN AMÉ A ÉDITH PIAF


Yo fui uno de los beneficiados por la epidemia del Alzheimer del tipo Chamaeleonidae. Para esa época estaba muy de moda el karaoke y yo llevaba a mi abuela los viernes a un barcito muy bonito que teníamos en el barrio.

Ella siempre se quedaba quieta como si fuese otro mueble del lugar. Yo estaba acostumbrado a esos episodios catatónicos, normalmente los aprovechaba para ponerla al sol y usarla de perchero para las camisetas mojadas. Un día -mientras me lanzaba una buena ranchera junto con mis amigos de la cuadra- ella se levantó como movida por un rayo y cantó “Non, je ne regrette rien” como si Édith Piaf hubiese reencarnado.

Obviamente la banda de incultos presentes la mandó a callar, pero yo supe que me encontraba ante una oportunidad de oro. En pocos días la tenía cantando en las principales radioemisoras de la ciudad y recibimos atención de medios nacionales y extranjeros. Con el tiempo nos invitaron a varios Talk show y programas de variedades. En el momento cumbre de aquel año, el señor embajador francés me dio una condecoración por mi aporte a la promoción de la cultura francófona y mi abuela cantó su “no me arrepiento de nada” ante miles de personas en la apertura del mundial de footbal en Madagascar.

Después todo fue cuesta abajo. La canción había saturado a la gente. En redes sociales se generó un movimiento “Anti Piaf” y tuvimos que mudarnos de casa para evitar las cartas anónimas amenazantes.

Finalmente me llevé a mi abuela a uno de esos “Canjeamos su vejestorio” y me conseguí una octogenaria que bailaba el tap como Ginger Rogers. Monté un acto sabatino que me duró un par de años, hasta que la vieja se murió de un infarto en pleno baile .

Mi abuela terminó viviendo con una familia de músicos que logró sacarle otras canciones del repertorio de la parisina y consiguieron volver a ponerla en la radio y la televisión.

Ahora todos aman a Édith Piaf, otra vez.

Yo me he dedicado a estudiar un poco de química, lo necesario para preparar una bomba que pueda llevar al próximo concierto de mi abuela.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Agosto 2014


Foto: internet

miércoles, 13 de agosto de 2014

NOÉ


Inspirado en un cuento de "El Maestro efectivo"

Noé agrupa sus juguetes por categoría: los soldados verdes, los animales de la selva, la familia de granjeros, los power ranger de colores, los robots que se convierten en dinosaurios, el gato con ruedas y los osos de peluche de la navidad anterior.

Los coloca en la bañera y se toma su tiempo para explicarles los peligros del viaje y las medidas de seguridad. Luego abre los grifos de todos los baños y espera.

Un lago de agua cristalina comienza a crecer desde los cuartos y pronto alcanza la sala y cada uno de los rincones del lugar, llevándose las mesitas y los arreglos del comedor.

Finalmente el líquido llega hasta el improvisado navío de mármol y lo saca al jardín donde los gnomos de piedra flotan con sus rostros hacia el cielo. Más allá, los autos de los vecinos inician su migración hacia el mar, siguiendo la ruta del gran río que ya sólo deja ver los techos de las casas.

Algunas horas después todo es agua, hasta el horizonte y la única compañía es una manada de ballenas blancas que viaja hacia el sur. Una gaviota se posa en la bañera e intenta advertir a Noé de la catástrofe que se avecina, pero el niño sólo le entiende graznar.

Ya es muy tarde cuando Noé se percata que han navegado hasta el fin del mundo, le pide a sus juguetes que se salven, pero ellos no lo quieren abandonar. El niño cierra los ojos y escucha atento la caída del agua hacia la nada infinita, cada vez más estruendosa, como la cascada más grande del universo.

Hasta que finalmente mamá apaga el grifo de la bañera y lo saca del agua, salvándolo –una vez más- a él y sus juguetes

Alberto Sánchez Argüello

Managua Agosto 2014

Imagen: internet

martes, 5 de agosto de 2014

LAS VERGÜENZAS QUE UNO PASA EN ESTA VIDA



Un lunes del mes pasado me desperté como de costumbre a las seis menos cuarto. Bajé por el lado izquierdo de la cama y me fui directo a lavar los calzoncillos del día anterior, un buen hábito que mi madre me inculcó desde que empecé a ir al preescolar, hace más de treinta seis años.

Los pájaros sonaban tan repetitivos que parecía ser otro día ordinario, de esos en los que la rutina te permite andar confiado de que todo saldrá bien. Hasta que metí por tercera vez la pana en la pileta y un tiburón del tamaño de una piña emergió de ella y me arrancó la mano derecha a la altura de la muñeca. Admito que dolió como el carajo, pero pudo más la sorpresa que el dolor y lógicamente me apuré a retirar el muñón de mi calzoncillo, antes que quedara perdido en sangre –que seguramente cuesta medio galón de detergente quitársela-

El tiburón volvió al fondo de la pileta y yo me quedé ahí con un trapo, tratando de contener la hemorragia. A como pude llamé a un tío que suele atender en el centro de salud del barrio, con la suerte que se dilató lo necesario para inventarme una explicación más creíble –y menos vergonzosa- para mi miembro mutilado. No más llegó le solté –con un calculado nerviosismo- la historia de un perro enardecido en un callejón a la vuelta de la esquina, una especie de can cerbero del tamaño de un escritorio de abogado –este tipo de detalles siempre dan más credibilidad- Mi tío algo extrañado me curó lo mejor que pudo y me mandó antirrábicas y una denuncia a la policía que no tardó en diseminar la noticia convirtiéndome en una atracción de circo para morbosos y algunos tabloides.

Superada la tormenta noticiosa, ya estaba pensando que la vida volvería a su curso regular, hasta que ayer por la mañana, lavando con cuidado otro calzoncillo, se llegó mi padre -con sus manías de jubilado- a interrumpirme y todo fue que se acercara a la pileta para que unos larguísimos tentáculos salieran del agua y se lo llevaran al fondo de la pila con todo y pantuflas.

Después de limpiar con el lampazo los grandes charcos que quedaron, pasé mis buenas horas inventando una coartada para la desaparición de mi padre. Finalmente llamé a mi madre para decirle que papá se había fugado al Brasil con una vende enciclopedias, una relación que parecía llevar años cultivándose bajo nuestras narices. Ella me colgó el teléfono sin más.

A como veo las cosas tengo que vender la casa, vaya uno a saber si mañana esa pileta produce una ballena blanca o hasta el maldito Cthulhu. Se la puedo vender al invivible de mi cuñado, que de paso tiene unos críos que no los soporta ni su madre, seguramente que hasta le estaría haciendo un favor a la humanidad. Ya después me compro un piso en algún suburbio decente y por supuesto una lavadora, lo más normal posible.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Agosto 2014

Imagen: internet


lunes, 4 de agosto de 2014

TODAS LAS FORMAS DEL UNIVERSO



A  Borges -como siempre-

En el comedor mi madre me dice que pruebe el aguacate, que ningún bien haré si muero de hambre. Opto por no hacerle caso y miro por la ventana como las nubes escapan hacia el horizonte.

Han pasado cinco días desde la gira al salto de Santa Emilia. Miguel y Josué se fueron todo el camino de bajada saltando como monos en calzoncillos, por más que los callaba no hacían caso, se calmaron hasta que sus cuerpos pálidos sintieron lo helado de la pequeña laguna; casi al unísono pegaron unos chillidos que asustaron a los pájaros de las ceibas que custodian el lugar

Yo me fui por los senderos de una cueva, sintiendo en mis pies las diferentes texturas del barro, hasta que alcancé el costado de la caída de agua. Nunca me atreví a mirar directamente la cascada, mi abuelita chepita siempre decía que era cosa de duendes, que era mejor evitarla. Pero mi primo Miguel venía de Managua, él nunca había visto estas cosas. Desde arriba lo divisé cuando finalmente logró llegar al pie del salto, botó la mochila y se quedó quieto mirando aquello. 

Seguí un rato explorando aquella inmensa bóveda de piedra, hasta que me aburrí. Cuando bajé él seguía en el mismo lugar. Le hablé sin tener respuesta, le toqué el hombro y no se movió. Finalmente me coloqué frente a él y miré sus ojos. Al comienzo no vi nada, sólo el color café miel con reflejos del sol de las dos de la tarde, pero poco a poco me fui metiendo en su mirada hasta dar con un fulgor de luz, la cascada estaba ahí, cayendo para siempre en una danza de luz que formaba todos los animales e insectos que alguna vez conocí, y luego todos los objetos de mi casa, mi pueblo con sus parques e iglesias, todo naciendo y muriendo en segundos que nunca terminaban.

Al final mis amigos tiraron de mi mochila y me di cuenta que el sol ya se estaba poniendo. Tardé algunas horas en recuperar el movimiento, pero Miguel permaneció como una estatua, apenas con un leve rastro de respiración. Los doctores que lo han visto hablan de un coma y su familia está buscando como llevárselo a la Habana.

No creo que los doctores cubanos puedan hacer nada por él. Yo regresaré al salto para ver con mis propios ojos la cascada, cada día aflojo un poco mas las cuerdas que usó mi madre para atarme a la cama, ya pronto, pronto. 


Alberto Sánchez Argüello Managua Agosto 2014

Foto: Simone Montiel

viernes, 18 de julio de 2014

EL REGRESO DE CAPERUCITA


Caperucita se despidió de la abuela, apretó fuerte la canasta de comida y el fajo de dólares bajo su falda y se fue.

Pasó un río amarrada a un neumático. Casi se mata al caerse del techo de un tren en movimiento.  Recorrió un desierto a través de infinitos túneles de tuberías oxidadas y malolientes. Se escondió ocho horas dentro de un camión lleno de caperucitas y finalmente terminó apresada y encarcelada en una frontera.

Ya de vuelta en el bosque -después de un dilatado proceso de deportación- la abuelita llamó a los padres de caperucita para pedirles que enviaran otro fajo de dólares. 

El lobo por su parte prometió contactar un mejor coyote.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Julio 2014